EL PARTIDO SOÑADO

En julio de 2025, tras perder contra Portugal la final de la Nations League en la tanda de penaltis, Pedri subió a su instagram una foto junto a Lamine Yamal y Nico Williams y un número: 190726. 19 de julio de 2026, la final del Mundial que se celebraría en Nueva York y a la que el joven centrocampista señalaba como el principal reto que tenían por delante. Hoy, 19 de julio de 2026, un año y pico después, con mucho trabajo, algún altibajo y varias lesiones, aquella España construida por Luis de la Fuente se despereza en la Gran Manzana esperando pisar el césped sobre el que disputarán el partido soñado. Es la segunda vez en la historia. Ojo, sólo la segunda vez en la historia del fútbol español en que nuestra selección llega a una final. La otra fue en 2010, cuando fuimos campeones. Así que hoy, 19 de julio de 2026, España juega el partido soñado. Y contra el rival soñado.

Porque si aquél día alguien les hubiera preguntado qué rival preferían en esa futura final, casi con seguridad todos habrían apuntado a la Argentina liderada por Leo Messi. La campeona de América y campeona del mundo liderada por el mejor jugador de la historia y cosida a golpe de amor y emotividad por un Scaloni al que sus compatriotas respetan más como seleccionador de lo que le quisieron como jugador. No cabía mejor partido ni mayor rival ni cabía homenaje mayor al fútbol que este face to face entre dos maneras de ver, entender y jugar al fútbol.

Llegó Argentina al campeonato con el alma entregada a Messi, en su último baile mundialista. A lo largo de las semanas le entregaron, también, la llave de todas las victorias. Porque el astro argentino, a los 39 años, se ha convertido en el mejor de su selección y en el factor que les ha mantenido en pie hasta ahora. La albiceleste juega entregada a lo que Leo quiera, a los espacios que él crea y a su capacidad de generar el caos para desentrañarlo convertido en gol. A él y la garra que les lleva dejarse el alma hasta el último minuto y creen en la victoria hasta el fin. No ha sido la mejor argentina mundialista pero, sin duda, la más combativa.

España llegó entre algodones. Siempre con el ruido patrio que acompaña cada convocatoria y con los agoreros revoloteando a ver si podían sumar un fracaso en el que regocijarse. Y además tuvo que reinventarse. De la Fuente, fiel a su manera de ver la selección, confió en jugadores que habían tenido problemas y lesiones a lo largo de la temporada pero que le daban seguridad y certezas. Merino con su fractura de stress, Niko con la pubalgia, Lamine con los isquios. Pero el seleccionador confió en ellos, incluso sabiendo que ello suponía renunciar a la “España de los extremos”. La situación de Niko y Lamine, las dificultades que habían tenido Rodri y Zubimendi en la temporada, la lesión de Barrenetxea y la ausencia de Fermín complicaban replicar aquél equipo que entraba por los lados como dos navajas para llegar a la portería contraria.

Contra todos los problemas y contra muchos – demasiados- malos augurios se enfrentó esta selección que, con el paso de las semanas, se ha convertido de largo en el equipo más solvente del Mundial y el que mejor ha interpretado el juego coral. Eliminatoria tras eliminatoria España ha ido creciendo. Contra Francia dio un recital. Atrás quedaron debates absurdos.. que si la portería, que si Cubarsí y Laporte no daban garantías, que si Rodri era un lastre, que si Lamine estaba sobrevalorado, que si quién era Pedro Porro, que si Olmo es lento, que porqué se queda fuera Gonzalo..

Cargado de razones, de tranquilidad y de buen juego llega el equipo de De la Fuente a una final que es un regalo, porque el éxito es estar hoy en Nueva York y, pase lo que pase esta noche, esta generación está ya haciendo historia. El partido llega, además, con mil historias cruzadas. Con medio Atlético de Madrid sobre el césped, repartido entre las dos selecciones. Con el Barça sacando pecho de los éxitos de una Masía por la que han pasado los grandes nombres de los dos equipos. Con Scaloni y De la Fuente abrazados en esa historia de alumno y maestro. Con el cariño que en España se le tiene al seleccionador argentino – afincado en Mallorca y aclamado en A Coruña como un deportivista más – y a Messi, que fue respetado, premiado y admirado mucho antes en España que en su país natal donde tanto le criticaron que en 2016 anunció que no volvería a la selección. El gran éxito de Scaloni fue recuperarlo, convertirlo en el faro y devolverle la gloria que Leo lleva cosida en cada pie.

Y, por supuesto, con la gran historia. La de aquél Messi tímido y encogido bañando a un bebé rollizo y sonriente. Leo tenía veinte años; Lamine cinco meses. Esta noche ambos se enfrentarán en Nueva York estando en la cima del mundo futbolístico y como estrellas en sus respectivas selecciones. Messi porque lo ha sido todo. Y Lamine porque ha sido lo que parecía imposible a los diecinueve años. Tres Ligas, dos supercopas, una copa del Rey, una Eurocopa.. y ya subcampeón del mundo. El más joven en marcar en una Eurocopa, el más joven en marcar en un clásico.. la estrella que nunca tuvo España. El rostro de ambos ha envuelto una y otra vez las pantallas gigantes del skyline de Atlanta a Dallas, de Dallas a Miami, de Miami a Nueva York. Messi lo ha sido todo y Lamine es la estrella de su generación, con mucho por hacer pero con mucho ya logrado a su edad. Será, también, el partido de ellos, de su intrahistoria, que no es más que la del fútbol, ese deporte-sueño en el que los grandes dirimen sus diferencias en el espacio de un regate.

Quizás España se cosa esta noche la segunda estrella en la camiseta, al lado de aquella conseguida en Sudáfrica hace dieciseis años. Pero pase lo que pase, este equipo se ha ganado ya el derecho a ser respetado y temido por sus rivales y querido por una afición que a menudo parece más dispuesta a criticar y pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. En fútbol, no. Desde luego que no. Disfrutemos del partido y de esta época deliciosamente dorada que ya vendrán tiempos peores.   

Publicado por Mar Barcon Sanchez

Madre, médico, socialista, coruñesa nacida en Ortigueira. Razonablemente feliz.

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